¡Vaya paliza que me han dado!

fisioterapia del hombro
Tengo que tratarme este dolor de hombro-cuello. Iré a fisioterapia

— Tengo que tratarme este dolor de hombro y de cuello. Iré a fisioterapia.
Dicho y hecho.Una vez que resolví todos los trámites burocráticos necesarios, me dirigí hacia la clínica de fisioterapia que me habían indicado. ¿Os habéis dado cuenta de que todas estas clínicas están en sitios muy transitados y casi siempre en el primer piso de un enorme portal?

Bueno. El caso es que una vez que estuve en la clínica me indicaron con tono suave que me tumbase boca abajo en una de las camillas. Cosa que hice de forma obediente. En ese momento tu mundo se reduce sólo a lo que puedes ver a través una abertura ovalada que hay en la cabecera de estas camillas. El que inventó este hueco acertó de lleno.

Llegó una fisio -es así como se llaman- y me colocó una lámpara de rayos infrarrojos sobre la zona dañada. Se largó y me dejó solo, con un calor en la base del cuello que soporté estoicamente, y con mi reducido mundo de tan sólo unos pocos centímetros cuadrados. ¡El mundo que veía por el agujero!

¡Ahá, claro hombre! ¡Si es para que veas el móvil y juegues un rato con él! Jeje

¿Pero a qué has venido?— me recriminé a mí mismo— Déjate de móviles y relájate, que para eso has dado el paso de venir.

Pasaron algunos minutos y detecté la presencia de ¿otra fisio? El único contacto visual que tenía con quien acababa de entrar eran las puntas de su calzado -zuecos blancos, por supuesto- forrado con unos patucos verdes de esos que usan en los quirófanos .

De pronto noté sus manos expertas, humedecidas en algún gel, que alcanzaron rápidamente el punto donde más me dolía.

—Tienes una contractura muscular—me dijo la nueva ¿doctora?

—¡Ahí, ahi! ¡Has dado con el punto exacto!—me quejé arqueando el cuerpo por el dolor.

Me comentó mi anónima interlocutora que era cosa de la experiencia. Que me iba a aplicar unas corrientes y que tedría que aguantar unos diez minutos. Fue entonces cuando colocó una enorme ventosa sobre la zona dañada y aplicó unas corrientes que me hormigueaban por toda la zona cervical. Y allí me dejó, abandonado, cuando reclamaron su presencia en otra habitación.

—¿Seré capaz de aguantar sin pedir auxilio?— pensé en esa postura tan ortopédica.

Traté de relajarme pensando que me estaban arreglando la contractura que acaban de diagnosticarme. El ritmo prolongado del cosquilleo hacía que los músculos bailasen de forma involuntaria al son de la electricidad que recorría algunas partes de mi cuerpo. Riéte tú de los artilugios de las tele tiendas.

—¡Ánimo. Que sólo son diez minutos!—me dije a mí mismo.

El avisador acústico comienzó a sonar, momento en el que la seguda fisio apareció y retiró los artilugios de esta forma de tortura moderna que, al contrario de la otra, se queda con tu dolor en sus cables.

Pero ¡ay, que esto no había hecho nada más que empezar! La fisio titular apareció de nuevo en la sala. Con voz firme me ordenó que me sentara en la camilla. Se situó por detrás de mí y se subió a la camilla apoyándose sobre sus rodillas. Yo no podía verla.

Fue cuando comenzó a taladrame el cuello, los omóplatos, los deltoides y todo el resto de músculos dorsales que osaban interponerse al paso de sus perforantes dedos.

Intenté responder a sus preguntas mientras me aplicaba  aquel doloroso masaje pero una risita nerviosa y tonta y unos expasmos incontrolados me impedían mantener una conversación medio normal.

De repente comenzó a abofetearme la zona (mal)tratada con las palmas y reversos de sus manos en un compás de tres por cuatro que parecía no tener fin. ¡Zas, zas, zasca!

—Tendrás que venir, por lo menos, cinco sesiones más—me ordenó mi verdugo una vez que finalizó su sesión quiropráctica.

Yo, aún sin palabras, sólo fuí capaz de asentir moviendo la cabeza y poniendo cara de que haría todo lo que me pidiese con tal de que finalizase la sesión de una vez.

Salí de la clínica con un papelito que alguien me colocó en la mano donde se me indicaba cuándo sería mi próxima revisión de la causa.

Tenía el hombro y el cuello enrojecido del tratamiento, como si hubiese estado horas al sol, y un shock emocional que me tuvo fuera de juego durante un buen rato.

Os diré una cosa. La verdad es que estoy como nuevo. Tengo una movilidad nueva que antes desconocía y , por qué no confesarlo, allí ocurrió algo que hizo clic en mi cabeza.

¿Seré capaz de volver?

Publicado por lasdiezymedia

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3 comentarios

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  1. Tal cual!!! Y te has fijado que la dulzura de la voz de las físios ( como bien dices, así se denominan) es directamente proporcional al daño que son capaz de infringir??? Dale una vuelta…

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