El Congreso. Un viaje por sorpresa (2/2)

mi habitación

De: Departamento de Recursos Humanos

Asunto: Asistencia al congreso de Motivación Personal, en Barcelona

Fecha: 16 de noviembre de 2016 14:40:12 GMT+01:00

Para: javierhernadez@mi_empresa.com

Texto: Con este mensaje te comunicamos que has sido seleccionado para asistir al congreso de Motivación Personal que se celebrará los días 21 y 22 de noviembre en la ciudad de Barcelona. Desde la secretaría del congreso contactarán contigo para darte a conocer el plan de viaje, hotel donde te alojarás y la agenda de actividades de los dos días. En espera de que sepas apreciar esta oportunidad que se te brinda (…) 

(…continuación)

Las ciudades subterráneas existen

Estoy en Atocha ¿Y los trenes de Cercanías? ¿Pero qué ha pasado en este tiempo? —voy interrogándome sobre lo que veo—

¡Esto es enorme! No tengo ni idea de por dónde ando. De nuevo me pongo a seguir una fila interminable de gente que avanza hacia la misma dirección. Hacia el hall de la estación, que parece otra ciudad aún mayor que la subterránea de Chamartín, con innumerables tiendas y gentes de todas las razas. ¿Será esto lo que llaman globalización? Muy bien, la diversidad es buena.

Tras caminar largo trecho sorteando gente con todo tipo de maletas y bultos, máquinas expendedoras de billetes, fotomatones y demás artilugios de la civilización moderna llego a la primera barrera física. Se trata de una línea de tornos-pasapersonas que a modo de Muralla de Adriano me impiden continuar hacia las vías del AVE.

Pum, pum. Abre la muralla 

De nuevo, los avispados viajeros que hacen este recorrido a diario salvan de forma ágil este pequeño obstáculo que para mí es imposible. Y todo porque ellos llevan un billetito con una banda magnética que introducen en la máquina y que les franquea el paso. El torno les deja pasar girando sus macizos brazos metálicos. Pero claro, mis billetes son cuatro hojas Din A4 grapadas en bloque, llenas de letras y de publicidad y con la seria advertencia de no romper, arrugar ni tirar hasta que regrese a mi casa. Señores de RENFE, por favor, ¿por qué nos hacen llevar esos billetazos del tamaño del dinero que utilizan en alguna región de Mongolia?

¿Oiga…?¡Disculpe…! ¿Cómo puedo pasar por aquí a las vías del AVE? —lanzo al aire mi súplica a la primera persona que veo uniformada, sin fijarme apenas a qué gremio representa—.

—¡Mire! Vaya a esa ventanilla y allí le atenderán —me responde amablemente un señor de… bueno, no sé de qué, pero le doy las gracias como si fuera el carcelero que acaba de abrirme las puertas del presidio.

Dócilmente me pongo a la cola, otra más, y espero mientras que la señorita que está al otro lado del cristal termina de escanear, sellar, marcar, registrar en el ordenador, y no sé cuántas cosas más, con mis E.N.O.R.M.E.S. billetes de papel y me los devuelva junto al billetito de la banda magnética ¡que lleva todo el mundoooooo…..!

Salvado el muro, comienzo a correr en la dirección que me han indicado buscando mi ansiado tren. De nuevo las escaleras mecánicas, largos pasillos, más máquinas expendedoras de billetes, más fotomatones —pues sí que se hacen fotos aquí en la capital— , más gente con maletas… hasta que por fín llego a ¡otra puñetera cola! Estoy empezando a calentarme y hoy alguien se lleva uno de mis incontrolados recaditos.

Pasen, que al fondo hay sitio

Llevo los billetes de la mano. Todos los billetes, por si acaso, porque esto es más serio. Se trata de pasar por el control de la Guardia Civil y por el escáner del equipaje. Bien, eso está bien. El control por la seguridad de todos me parece una buena excusa. No hay problema.

Coloco mi equipaje en una cinta transportadora que se lo lleva a un túnel de rayos X y que espero no salga achicharrado por el otro lado. Revisan mis billetes y me dejan pasar al ver que tenía todo en regla. Mi cuerpo comienza a recobrar un pulso cardiaco normal.

De pronto aparezco en otro espacio que, aunque también grande, se ve algo más organizado. Es una estancia donde la gente está sentada de forma relajada, unas cuantas tiendas en la parte derecha y una gran cristalera en la izquierda que deja ver al fondo los impresionantes AVE. Son trenes muy modernos estacionados en formación estratégica en sus vías. Un mar de pantallas colgadas del techo te informan minuciosamente hacia dónde van esos trenes, sus números de vía y sus horas de salida. Aquí se respira más tranquilidad.

Bon voyage. Bon voyage

—¡Buenos días! Tiene usted el coche número cinco. ¡Buen viaje  —me indica una sonriente azafata a la vez que me devuelve mis ajados billetes, porque vaya trote que llevan los pobrecitos—. ¡Claro, por eso son tan grandes! Si fueran pequeñitos no aguantarían tanto manoseo. Además, tienen que soportar el mismo trajín mañana en la vuelta. 

He dejado el equipaje en un gran maletero que hay en la entrada del vagón. Voy hacia mi asiento, el 10A. Saludo a mi compañero de viaje y me siento para calmarme un poco. Llevo tres horas y media desde que me levanté esta mañana y no he recorrido nada más que una pequeña parte de mi viaje. Espero que a partir de ahora todo sea más sencillo, por que si no creo que el congreso va a ser una tortura.

Una vez que el tren está en marcha, decido ir a la cafetería que está en el vagón ¿…? Bueno, no sé dónde está pero me han indicado que siga la dirección que llevo. Que ya aparecerá. Mientras camino voy mirando a derecha e izquierda para ver quiénes son mis compañeros de viaje y sólo veo gente encorbatada, como yo, pero ellos con todo tipo de portátiles, tabletas, smartphones y demás aparatitos de pantallas táctiles. ¿Será una convención de gente de la semana de la informática de El Corte Inglés? ¡Madre mía! Si nunca había visto tanta cantidad y variedad de dispositivos electrónicos. Verás como ahora suena mi móvil y hago aquí el ridículo. Yo no lo saco, que el mío es de los de tapa y teclado.

—¡Rinnnngggg, rinnngggg!  —recibo una llamada en mi teléfono— Me lo temía. Seguro que es mi madre para ver qué tal el viaje. —Mamá que estoy bien, ya te contaré cuando arranque el tren. Adiós— He aprovechado que pasaba delante de un WC y me he refugiado allí para responder y así esconder de la vista de todo el mundo mi anticuado móvil. Al entrar he notado cómo se cerraba automáticamente la puerta detrás de mí con un sonido que me ha recordado al de las puertas de los ascensores.

Ya que estoy aquí aprovecho para desahogar mi vejiga, que hace ya tiempo que me estaba reclamando algo de atención. Es un rato muy placentero por el que estoy pasando. Estoy en un baño súper moderno, con todo tipo de utensilios a mi servicio, es espacioso y está lleno de botones y cartelitos por todos los lados.

Termino la micción y corto un trocito de papel para limpiarme. Al tirarlo a la taza descubro un botón que indica que presione al finalizar. El botón está demasiado bajo, lo que me obliga a agacharme para alcanzar a pulsarlo. Es en ese momento cuando el extremo de mi corbata se sumerge en el líquido azul del fondo de la taza al tiempo que la tapa cae aprisionándola. Uno de los cartelitos advierte de no levantar la tapa después de presionar el botón. De pronto una fuerza succionadora intenta quitarme la corbata del cuello y tragarla con el coloreado fluido. Espero pacientemente a que esta moderna máquina evacuadora de detritus finalice su ciclo de funcionamiento, por temor a males mayores. Al final, libero mi corbata pero ha quedado con un aspecto tan estrujado como empapada. ¡Y ahora es casi azul!

Creo que este viaje va a influir en mi opinión sobre los cursos de Motivación Personal.

[Espero vuestros comentarios si deseáis que continúe con el relato]

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